Finca de los Arandinos es el primer hotel de cuatro estrellas en la región con spa y restaurante integrado en una bodega. Un espacio sugerente e inspirador que cuenta con el interiorismo del diseñador de moda David Delfín y que está rodeado de viñedos, olivos, campos de frutales y montañas. Este centro turístico, enológico y gastronómico, que se asienta en lo alto de una finca de 6 ha., invita a disfrutar de la belleza del paisaje, que se cuela por los ventanales del edificio en forma de tapices naturales. Una arquitectura que firma el arquitecto riojano Javier Arizcuren donde materiales como el hormigón, el vidrio, y la madera, dibujan líneas rectas que transmiten calma y que contrastan con la exuberancia paisajística del entorno.
El lugar, entendido como el conjunto de una serie de realidades físicas, topográficas, climatológicas, pero también de otro tipo, como históricas, económicas, familiares, etc., fue el punto de partida y de destino de este proyecto. Un cantarral, conjunto de piedras depositadas por los agricultores que cultivaron las tierras sobre las que descansa la bodega en el límite de las mismas, marca y guía el desarrollo en planta de la bodega.
Esa línea quebrada de piedras, parecía tener vocación de convertirse en muro, y así, el proyecto adopta su geometría a dicha línea reutilizando las piedras para construir un muro que se convierte de esta forma en preexistencia sobre la que descansa una arquitectura blanca y tersa.
El resultado, una línea cóncava hacia el paisaje lejano, para amplificar las vistas desde el edificio hacia dicho paisaje, y convexa hacia el interior de la parcela, hacia los viñedos, con la intención de abrazarlos e “introducirlos” en el edificio mediante grandes paños de vidrio, en una suerte de fusión de la viticultura y la enología con un único fin, hacer vino.
El programa se resume en una pequeña bodega de elaboración y crianza de vinos de alta gama y un hotel de 4 estrellas con 14 habitaciones, dos de ellas suites. Con estas premisas, se opta por resolver el programa buscando los dos usos a priori diferenciados, con la intención de que el visitante del hotel tenga la sensación de alojarse en una bodega y que la bodega cuente con una materialización más propia de un hotel que de una actividad industrial. Esto se consigue agrupando ambos usos en un mismo edificio en el que los espacios se suceden sin solución de continuidad, favoreciéndose las visuales cruzadas entre hotel y bodega y entre ambos y el paisaje de viñedos que rodea el edificio.
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