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Edificio de oficinas Manuel de Falla, Madrid
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Edificio de oficinas Manuel de Falla, Madrid

Allende Arquitectos

La antigua sede de Unilever se encontraba situada en un edificio exento de oficinas, que fue construido a finales de los años 60 en las proximidades del eje de la Castellana, dando su fachada este a la calle Padre Damián. Con el paso de los años, este edificio llegó a convertirse en un activo muy degradado, que fue adquirido en 2013 por una propiedad para rehabilitarlo y dotarlo de las condiciones necesarias para ser homologado internacionalmente. Trabajo que ha sido llevado a cabo por el estudio de arquitectura allende arquitectos, quienes lo han reconvertido en un edificio de oficinas Clase A de amplias proporciones, construido según los estándares del certificado medioambiental LEED CS Gold.
El edificio a rediseñar data de finales de los años sesenta, el cual se encontraba destinado a uso administrativo. Su ubicación, próxima al actual Central Business District de Madrid, AZCA, lo convierte en un espacio de gran valor. No obstante, a pesar de ello, en 2013 el edificio se encontraba en un grado absoluto de deterioro debido a la gran cantidad de años de total ausencia de actividad, y tanto sus efectos como su configuración original, requerían de una completa renovación para poder adecuarlo a las nuevas exigencias y demandas de las oficinas Clase A, así como a los estándares medioambientales para obtener la certificación LEED GOLD Core and Shell y las condiciones necesarias para su homologación internacional.

De esta manera, fue Axiare Patrimonio SOCIMI, quien establece el compromiso de adquisición que permite ejecutar el edificio, promovido por Talus Real Estate. Cuenta con una superficie total de más de 6.200 m2, repartidas en plantas de 1.480 m2 de superficie media, divisibles en dos módulos, pero que permite, igualmente, con la configuración idónea constituir el conjunto de una sede corporativa. Además, a esto hay que añadir la dotación de una planta de aparcamientos, que eleva la superficie de actuación a 8.500 m2.

El proyecto, llevado a cabo por el estudio madrileño allende arquitectos, responde a dos estrategias de intervención principales. Por un lado, la optimización y puesta en valor de la superficie contenida por el volumen edificado y su consideración normativa, recuperando la mayor superficie de explotación. Por otro lado y en paralelo al anterior, la mejora de la calidad ambiental de los espacios resultantes, en respuesta de las más exigentes demandas de uso actual y futuro de los espacios de trabajo, y del compromiso medioambiental del edificio propuesto.

La planta del edificio es un rectángulo regular de 91 metros de largo, con 16 metros de ancho, distribuidos en dos crujías longitudinales unidas por un pasillo central estructural. De este modo, la actuación se desarrolla en seis de los ocho niveles de los que cuenta la edificación existente, dos niveles bajo rasante (sótano 1 y semisótano), los cuales están resueltos con pilares de hormigón armado y forjados reticulares, y cuatro niveles sobre rasante, entre los que se incluye la cubierta, soportados por una estructura metálica con forjados unidireccionales. Toda esta distribución se asienta sobre dos niveles adicionales, los sótanos 2 y 3, ocupados por un aparcamiento comunitario y cuya coexistencia condiciona el proceso constructivo.

Así pues, se ha diseñado un espacio de oficinas creado para conseguir plantas diáfanas, de grandes proporciones y alturas, que se traducen en un entorno adaptable y altamente eficiente.

En este sentido, la adecuación del espacio interior comienza con la intervención en la envolvente, en la cual se sustituye completamente la fábrica original por una doble fachada ligera de vidrio y una piel textil sobre bastidores de aluminio, que cuenta con una doble función: contener y matizar la luz hacía el interior, así como generar privacidad con respecto a los edificios colindantes.

Asimismo, esta doble piel se constituye como instrumento esencial para el control de las condiciones exteriores que afectan al edificio. Por otro lado, el espacio intersticial, generado gracias a la doble fachada, crea un movimiento natural del aire contenido que reduce la demanda energética del edificio. Al mismo tiempo, matiza la iluminación natural, evitando deslumbramientos y concediendo uniformidad, al tiempo que multiplica su penetración al interior, combinada con la elección de los acabados y la configuración de la capa interior de la fachada en un plano de vidrio desde el nivel del suelo técnico al nivel del falso techo de aluminio microperforado.

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